Diana de Gales soñó con Hollywood mucho antes de que el príncipe Harry siguiera sus pasos

No me cabe duda de que mi madre estaría orgullosísima de mí”, declaró el príncipe Harry en el especial de televisión Lo que no ves de mí. “Llevo la vida que ella habría querido vivir, la vida que ella quería que pudiéramos tener”.

La nueva vida del príncipe Harry y Meghan Markle en el sur de California les ha permitido cerrar acuerdos con gigantes del entretenimiento como Netflix y Spotify, cultivar amistades con magnates y estrellas como David Foster y su esposa, Katharine McPhee, así como empezar a contar historias que son importantes para ellos: todo lo cual, según cineastas, periodistas y miembros del sector de los medios que la conocieron, se parece muchísimo a los objetivos que se había marcado la princesa Diana antes de morir en 1997.

Aquello podría haber sido la unión ideal, según los parámetros hollywoodienses. Desde una edad temprana, Diana mostró un talento natural para las artes escénicas y un temperamento artístico, algo que chocaba frontalmente con la familia real. Su padre era un gran aficionado a la fotografía, y la tímida, fotogénica Diana, según Tina Brown, “creció asociando la cámara con el amor”. De pequeña le apasionaba participar en funciones navideñas y bailar. “Tocaba el piano. Me encantaba el piano. También bailaba claqué, algo que no podía gustarme más”, le contó la princesa a Andrew Morton.

La sensible muchacha también desarrolló una pasión por los musicales que duró toda su vida: My Fair Lady la dejó fascinada. Pero el verdadero amor de Diana fue El lago de los cisnes, que vio muchas veces siendo todavía una estudiante. El amor por el ballet la acompañaría toda la vida y, según Kitty Kelley en The Royals, posteriormente le contó ella misma a Mijaíl Baryshnikov que, cuando era más joven, le había pedido un autógrafo al bailarín después de esperar durante horas a las puertas del Covent Garden.

La princesa Diana y el príncipe Carlos bailando en un evento de su gira por Australia en 1985.  © Jayne Fincher/Princess Diana Archive/Getty Images La princesa Diana y el príncipe Carlos bailando en un evento de su gira por Australia en 1985. 

De adolescente, Diana tuvo aspiraciones de llegar a ser bailarina profesional. Cuando estudiaba en un internado, salía a escondidas al pasillo y se ponía a bailar hasta altas horas de la noche. Según se cuenta en Diana: Su verdadera historia, de Morton, en las vacaciones de verano que pasaba en Althorp, la joven “ensayaba los arabescos en las balaustradas de arenisca de la casa, en el vestíbulo de mármol blanco y negro, bajo los retratos de sus distinguidos antepasados”.

“Así siempre liberaba muchísima tensión mental”, recordaba Diana. “La verdad es que quería ser bailarina, pero al crecer me pasé mucho con la estatura”.

Todavía en 1979 seguía soñando con un futuro profesional en el ballet. Ese año empezó a ejercer de aprendiz de una profesora llamada madame Vacani, que reconoció su talento. “En teoría se trataba de una situación ideal, en la que se aunaban la pasión de Diana por el ballet y su afinidad con los niños”, escribe Tina Brown en The Diana Chronicles. “Pero ella también esperaba que madame Vacani reconociera que tenía madera de estrella, que la ayudase a triunfar rápidamente”. Por motivos desconocidos, parece que la relación entre ambas solo duró tres meses.

Pero no solo el sofisticado mundo del ballet fascinaba a Diana. Por lo visto, también consumía con avidez la prensa sensacionalista y telenovelas británicas, sobre todo EastEnders y Brookside. Le encantaban los intérpretes de música popular: ABBA, Eric Clapton, Neil Diamond, George Michael, Elton John, y también bailar las canciones de Michael Jackson (los hijos de la princesa organizaron en 2007 el Concert for Diana en el estadio de Wembley, como homenaje a lo mucho que le gustaban a la princesa el baile y los musicales). Según Sarah Bradford, autora de Diana, también le cautivaban las películas y la televisión, y entre sus actores favoritos estaban Clint Eastwood y Tom Selleck.

Cuando el príncipe Carlos comenzó a cortejar a Diana, la novia, mucho más joven que él, ya se había instalado en Londres, como tantas otras jóvenes de la aristocracia. “Se trasladaban a la ciudad para hacer justo lo que Diana hizo: vivir en un piso y empaparse de la cultura popular del Swinging London. La prensa y los medios formaban parte de todo eso. Al fin y al cabo, así fue como conoció al príncipe Carlos en un primer momento, a través de los tabloides”, ha declarado en una entrevista reciente el historiador real Robert Lacey, autor de Battle of Brothers: William and Harry – The Inside Story of a Family in Tumult ("Guerra de hermanos: Guillermo y Enrique – La historia íntima de una familia en apuros". “En realidad, su espíritu y sus antecedentes estaban más cerca de los paparazzi que de la familia real”.

Lo que Diana aprendió al estudiar el funcionamiento de los tabloides le sirvió, prácticamente desde el inicio de su relación con la prensa, para orquestar su propia cobertura mediática como si fuera un experto en relaciones públicas de Hollywood. “No hablamos de los fotógrafos anónimos ni de los reporteros de poca monta que la esperaban frente a su piso, sino de las personas cuyos artículos ella leía”, asegura Tina Brown.

El papel de Diana como primera “protagonista de los tabloides con una tiara” no auguraba nada bueno para su relación con la familia real. Mientras que la otra artista frustrada de la familia, la princesa Margarita, torturaba a los invitados a las fiestas con sus versiones de canciones de musicales y se codeaba con estrellas de cine, su hermana, la reina Isabel II, consideraba que el sector del entretenimiento se encontraba muy alejado de la imagen que la familia real quería proyectar. Según Kitty Kelley, la monarca se negaba a llevar visón porque le daba aspecto de estrella de cine, y rechazó acudir a la boda de 1956 entre la estrella Grace Kelly y el príncipe Raniero de Mónaco con el siguiente comentario desdeñoso: “Demasiadas estrellas cinematográficas”.

La futura nuera de la reina reaccionaba de forma opuesta ante la figura de la glamurosa princesa Grace de Mónaco. La joven idolatraba a la princesa, que había tratado de paliar sus frustraciones artísticas organizando sofisticados bailes y lecturas de poesía, que fascinaban a Diana. Aunque esperaba seguir el modelo de Grace y encarnar a una princesa moderna, con sentido del espectáculo, también parecía captar que Grace se sentía frustrada. “En su interior había algún conflicto, eso yo lo veía”, le reveló Diana a Morton.

Desde el inicio de su matrimonio, Diana aportó lo que Robert Lacey denomina un “elemento de espectáculo y entretenimiento” a su papel. La joven siguió bailando y se entregó con dedicación al mecenazgo artístico, mientras iba dominando cada vez con mayor pericia el rol de princesa. (Años después, en un período en que Diana disfrutó de un breve descanso de sus obligaciones reales, Jeremy Irons le contó que se había tomado un año sabático de su profesión de actor. “Yo también”, contestó ella).

John Travolta bailando con la princesa Diana.  © Getty Images John Travolta bailando con la princesa Diana. 

En el icónico baile de la princesa con John Travolta en la Casa Blanca, en 1985, al célebre actor le sorprendió lo bien que Diana lo había orquestado todo. “Era muy carismática y tenía muchísima presencia, parecía una estrella de cine”, le contó Travolta a Brown. “Pensé: ‘No solo sabe quién es, sino también qué significa esta situación, la repercusión que tiene. Estaba muy al tanto del impacto mediático de todo’”.

“Es cierto que le encantaba la sensación de ser una estrella de cine de los años 40”, rememoraba el diseñador Jasper Conran. “Lo más importante para ella era la entrada, cuando todos aplaudían y lanzaban vítores. Eso le gustaba muchísimo”.

El talento natural de Diana para el espectáculo le empezó a resultar cada vez más problemático a su marido, intelectual e introvertido. “Él era de otra generación. Bueno, incluso para los de su generación resultaba anticuado”, afirma Lacey. En 1985, tal como quedó nítidamente reflejado en The Crown, Diana horrorizó a su esposo cuando, por sorpresa, salió a bailar Uptown Girl junto al bailarín Wayne Sleep, en un acto benéfico celebrado en la Royal Opera House de Londres.

“Es que aquello fue espectacular. Ojalá hubiese estado yo entre el público”, prosigue Lacey. “Se alza el telón y aparece la invitada de honor, no ocupando el palco real, sino bailando en el escenario como una prima ballerina y, en cierto sentido, ese fue el momento en que los recuerdos de infancia más bonitos de Diana debieron de cumplirse. Por una vez, ser miembro de la realeza le permitió expresar su creatividad de un modo que antes nunca podría haber hecho”.

“Me pareció increíble lo buena que era. Tenía tanta confianza y tanto aplomo que incluso le dirigió una reverencia al palco real”, le contó Sleep a Kelley. Cuando Diana le rogó que hicieran un bis, Sleep se negó. “Le dije que no porque la gente habría empezado a ponerse puntillosa. Lo hacía bien, pero no era bailarina profesional. Empezó a repetir los movimientos y tuve que llevármela a rastras. Aquello le encantaba”.

Como le había picado el gusanillo del escenario, meses después Diana decidió montar su propia versión en karaoke de El fantasma de la ópera. “Después de ver seis veces el musical de Andrew Lloyd Webber, le dijo al director de Her Majesty’s Theatre de Londres que quería que la filmasen mientras bailaba la canción de amor All I Ask of You”, escribe Kelley en The Royals. “Decía que iba a ser un regalo de cumpleaños para su marido. El director accedió a dejarle disponibles el escenario y la orquesta. Posteriormente, ella reconoció que nunca había pensado en crear el vídeo para Carlos, sino para ella misma”.

Cuando su matrimonio comenzó a desmoronarse muy públicamente a principios de la década de 1990, Diana controló de manera brillante a los medios de comunicación, y creó toda una telenovela a través de imágenes visuales y gracias a la publicación de Diana: Su verdadera historia, de Andrew Morton. Según narra Tina Brown en The Diana Chronicles, un ejemplo perfecto del brillante manejo de la prensa por parte de la princesa se produjo en su icónica sesión de fotos celebrada en el Taj Mahal en 1992. Brown escribe:

Se había vuelto tan hábil como una estrella de cine de los años 20 a la hora de transmitir mensajes sin palabras. En la India, mientras Carlos estaba en Delhi llevando a cabo una misión para apoyar las exportaciones británicas, Diana no perdió comba. Al enterarse de que Carlos había visitado en cierta ocasión el Taj Mahal y de que había dicho que algún día llevaría su esposa a aquel lugar, posó sola delante del monumento dedicado al amor conyugal. “Es una experiencia muy sanadora”, le aseguró la princesa a la periodista Judy Wade.

Tras el divorcio, Diana empezó a apoyarse cada vez más en sus ídolos del mundo del entretenimiento. Según Morton, encerrada con frecuencia en sus apartamentos del palacio de Kensington, se rodeó de fotos en las que aparecía ella junto a Liza Minnelli, Richard Attenborough, Elton John, “y otras fotografías hechas en la intimidad en las que Diana imitaba a Audrey Hepburn con los vestidos de Desayuno con diamantes”.

“Le encantaba Marilyn Monroe, le apasionaba”, le contó una amiga a la biógrafa Sarah Bradford. Tras ver las fotos de su icónica sesión de fotos para Vanity Fair con Mario Testino, de 1997, a la princesa le hizo una ilusión tremenda que en una imagen se pareciera a Monroe. Bradford escribe:

La princesa hablaba con frecuencia de la actriz, comentaba cómo se había enfrentado ella sola al sistema de los estudios de Hollywood saliendo victoriosa, porque habían prescindido de ella y luego tuvieron que volver a llamarla. “Creo que es posible que ella pensara que Monroe era otra mujer contra el mundo”, afirma [Meredith Etherington-Smith]. “Recuerdo que una vez tuve con Diana una conversación sobre ella, y me dijo que Marilyn no solo era un bomboncito rubio, que era inteligente, y creo que se identificaba con eso”.

Según Tina Brown, la princesa fue teniendo cada vez más claro que, para ella, la única manera de escapar de la burbuja de la familia real era meterse en otra. “Diana aspiraba a sustituir lo que había tenido cuando aún era una princesa casada por una versión en superestrella de lo mismo, una vida de aislamiento protegido”, sostiene Brown. “Había cambiado la flema y la frialdad de los cortesanos y sirvientes por el equivalente en Hollywood, por esa clase de servidores de las celebridades que son los terapeutas de sanación, los astrólogos, los acupuntores, los peluqueros”.

Diana de Gales y Anna Wintour (centro) en una imagen de 1996, un año antes de la muerte de la princesa. © Getty Images Diana de Gales y Anna Wintour (centro) en una imagen de 1996, un año antes de la muerte de la princesa.

Una Diana recién liberada empezó a vislumbrar una nueva vida en Estados Unidos y, según Paul Burrell, aspiraba a instalarse en la antigua casa de Julie Andrews en Malibú. “Yo vi los planos”, contó el exmayordomo en una entrevista con Good Morning America, en 2006. “Nos sentamos en el suelo y extendimos todos los mapas y dibujos de la casa. ‘Esta será nuestra nueva vida, va a ser una auténtica maravilla, piensa en cómo podrán vivir los chicos, aquí en Estados Unidos nadie te juzga, no hay sistema de clases, no está el establishment’”.

Diana le contó estas aspiraciones de instalarse en Estados Unidos a su mayordomo Paul Burrell. “Esa decisión intuitiva de trasladarse a Estados Unidos era acertadísima”, prosigue Brown. “Habría estado de lo más cómoda encontrándose en la cultura que precisamente había inventado la fama del mismo nivel que la que tenía ella”.

Sin embargo, algunas informaciones sobre los planes americanos de Diana parecen extraordinariamente fantasiosas. Kevin Costner ha asegurado que la princesa estaba negociando con él para protagonizar una secuela de El guardaespaldas, largometraje de 1992. “Lo que recuerdo era que se mostró cariñosísima por teléfono, y luego me hizo una pregunta: ‘Oye, ¿y nos vamos a besar en alguna escena?”, narró Costner. “Yo le contesté: ‘Sí, algo de eso habrá, pero con ese tema no habrá ningún problema’”.

Según Paul Burrell, es cierto que Diana mantuvo esas conversaciones con Costner, pero más que nada para divertirse. “Kevin llamó y le soltó: ‘¿Te apetece salir en mi próxima película?’”, contó Burrell. “Ella se partió de risa”.

No obstante, según múltiples informaciones, en los meses anteriores a su muerte Diana estaba planeando convertirse en un personaje destacado de la industria del entretenimiento, combinando los proyectos audiovisuales con la filantropía. “En julio de 1997, Diana me contó que había estado discutiendo la posibilidad de crear películas para televisión con el fin de seguir difundiendo la labor que ella llevaba a cabo”, escribe Brown. Además, según la escritora, los planes iban aún más allá.

Diana quería sentirse realizada profesionalmente”, aseguró [la periodista Shirley] Conran. “Quería hacer algo por sí misma para demostrar que no era tonta”. Ese algo era una gran idea: producir documentales parecidos a la alabada cinta que había rodado con la BBC para reflejar su viaje a Angola. Le hacía muchísima ilusión ese proyecto: un documental cada dos años, cada uno de ellos como pieza central de una discreta campaña humanitaria. Primero, según le contó a Conran, ella iría concienciando sobre el tema, después produciría el documental junto a alguna de las cadenas de televisión y, en último lugar, dejaría montada una estructura para sostener su compromiso con la causa.

Pero parece que a Diana no solo le interesaban los largometrajes filantrópicos. Según The Sun, Conran le presentó a la documentalista Molly Dineen; ambas tenían programado verse dos días después de la muerte de la princesa, posiblemente con la idea de rodar otra cinta reveladora sobre la familia real.

Aunque es posible que la vida de Harry esté más centrada en el trabajo que se desarrolla entre bambalinas en Hollywood, Lacy destaca que los dos hijos de Diana han heredado el carisma que esta transmitía en pantalla, algo que se ha hecho cada vez más evidente en el caso concreto de Harry, cuando el príncipe ha expuesto sus argumentos en la televisión estadounidense. “Pese a que, en Gran Bretaña, lo que más se ha comentado es lo que Harry dijo y decidió desvelar, la gente ha perdido de vista lo bien que se ha comunicado: tiene un talento natural para la televisión”, afirma Lacy. “Eso no implica que Guillermo no lo tenga. Los dos hermanos han desarrollado estilos televisivos muy hábiles y logrados”.

De modo que, mientras ambos hermanos se adentran en el futuro (Harry en los Estados Unidos con los que Diana soñaba, Guillermo en el palacio en el que su madre se convirtió en estrella), los dos, cada uno a su manera, muestran las dotes escénicas y la sensibilidad pop de su madre. “Los artistas del espectáculo son iconos modernos, creados por la cultura moderna del entretenimiento, y los miembros de la realeza que triunfan son los que han partido de una institución anticuada y sus tradiciones para crear el mismo tipo de moderna figura mítica”, asevera Lacy. “Cuando digo mítica, no hablo de personajes míticos que no existen, sino del mito que encarna algo que inspira, que constituye un ejemplo a seguir”.

Artículo original publicado por Vanity Fair US y traducido por Ismael Attrache. Accede al original aquí.

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