‘Buenas noches y buena suerte’, platónicos

‘Buenas noches y buena suerte’, platónicos © Proporcionado por La Vanguardia ‘Buenas noches y buena suerte’, platónicos

Decía esta semana Manu Levin, colaborador del podcast de Pablo Iglesias, La Base, que: “El Estado de Derecho no existe para que la gente cumpla la ley, respete los semáforos y no robe en supermercado, porque la gente, el pueblo, cumple la ley en un Estado democrático o en una dictadura”. El Estado de Derecho sirve para que no haya abusos de poder precisamente por parte del Estado y la voluntad popular sea la que decide los destinos del país en un marco de pluralismo político. Manu Levin, personaje poco conocido hasta hace unos meses, es en realidad es el Sam Seaborn español, uno de los mejores asesores de discurso de nuestra historia política, responsable de las mejores frases oídas a Pablo Iglesias durante su carrera política, y con esa explicación estaba dando una lección de liberalismo, la filosofía fruto de la Ilustración que estableció los derechos y dignidades irrenunciables que permitían a todo ciudadano plantar cara al Estado.

Vista con los años y desde esta Europa escéptica, Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, resulta un tanto inocente, pese a seguir siendo un filme totémico para el gremio periodístico. Después de todo, cuenta que la Casa Blanca destinó dinero público para financiar un espionaje un poco cutre de una de las oficinas de campaña del Partido Demócrata por orden del presidente, Richard Nixon. Lo que se cobró toda su reputación política no fue el espionaje en sí, sino mentir sobre él. Y lo que le costó el puesto, no fueron los titulares de The Washington Post, sino que, ante el creciente enfado de la opinión pública, se desplegó un proceso de impeachment que se inició en octubre de 1973. No deja de provocar cierto vértigo –y no poca condescendencia de los cínicos europeos– que para la sociedad estadounidense supusiese un trauma de tal calibre que el presidente mintiera sobre su encubrimiento del Watergate.

Significa que un porcentaje no menor de la opinión pública norteamericana cree en los valores sobre los que se fundó la nación, contenidos en la Declaración de Independencia escrita por Thomas Jefferson. Es decir, no es tanto una ingenuidad propia de una menoría de edad política como la conciencia de que la versión platónica de la democracia liberal estadounidense existe para que la versión real tenga un referente, en esa dialéctica imperfecta que siempre se da entre el deber ser y el ser del mundo. Es característico del liberalismo anglosajón ese peso del ideal platónico en la política. Y en particular, la fe en el principio de check and balance que guía el ideal de construcción de una sociedad democrática. Un check and balance que desborda el equilibrio institucional y en el que tiene un papel central la sociedad civil. De ahí que el periodismo anglosajón siempre parezca tomarse en serio su responsabilidad pública. Lo vemos en Buenas noches y buena suerte, la película de George Clooney, pero también en un montón de títulos más, desde los más ligeros, como The Paper: detrás de la noticia, de Ron Howard, a los más graves, como Los archivos del Pentágono, de Steven Spielberg.

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