Una herida inflamada

Fotograma de la serie '22 de julio'. © Foto NRK / Artwork Sthlm Creators AB v/ Marcel Bandicksson (EL PAÍS) Fotograma de la serie '22 de julio'.

Durante mucho tiempo, todas las noches iban a su habitación a encenderle la lámpara y la apagaban cuando llegaba la hora de dormir. Bajaban los estores cuando relucía el sol de medianoche en verano y cuando la aurora boreal encendía el cielo en los meses más oscuros. Se sentaban en su cama y acariciaban su ropa en el armario mientras las estaciones cambiaban al otro lado de la ventana. En su mesa habían encontrado tres insignias. Una decía: Rojo y orgulloso. Otra: No a cualquier racismo. La tercera, el emblema de las Juventudes del Partido Laborista, unas letras blancas sobre fondo rojo: AUF.

El chico, a los 18 años, había crecido tanto que su madre tenía miedo de que fuese a topar con las paredes del ataúd. Le habían vestido con su primer traje serio, el que habían comprado juntos ese mismo verano. Lo envolvieron en la colcha azul que ella había terminado de hacer justo antes de que él se fuera de campamento. Le había pedido que le tejiera una porque se iba a ir de casa para hacer el último año de bachillerato en Tromsø, la capital del norte de Noruega. Tejer le permitía dejar correr la imaginación cuando volvía a casa después de su turno en la residencia de ancianos del pueblo... Azul, azul como el cielo, le respondió cuando ella le preguntó de qué color la quería.

El 22 de julio de 2011 Anders Kristiansen estaba de vigilante en Utøya. “Está pasando algo raro”, dijo cuando oyó a través de la radio que acababa de llegar un policía a la isla. Fue a comprobarlo. Lo último que se le oyó gritar fue: “¡Corred! ¡No os paréis!” . Lo encontraron con otros nueve jóvenes en el Sendero de los enamorados, con el brazo alrededor de una chica de cabello largo y rizado. El undécimo del grupo, el único superviviente, contó posteriormente que, cuando oyeron que se acercaban los disparos, decidieron tumbarse y fingir que estaban muertos.

En los años transcurridos desde el atentado terrorista he seguido la vida de la familia Kristiansen para mi libro One of us (Uno de los nuestros). En él estudio al terrorista neonazi, Anders Behring Breivik, y a sus víctimas, incluido uno que se llamaba como el asesino, Anders. Pude atisbar el abismo que los que habían perdido a alguien querido tenían que soportar durante el resto de su vida. La madre de Anders, Gerd, me ha enseñado lo oscuro que era ese abismo, tan frío, tan solitario. En nuestros paseos nevados alrededor de Bardu, muy por encima del Círculo Polar, vislumbré el peor dolor que existe: el de perder a un hijo.

La muerte, en cierto modo, es el olvido para aquellos a los que no nos toca de cerca. Barremos el abismo, nos lo sacudimos y miramos hacia otro lado. El tiempo crea una distancia inmensa entre los que aún lloran a una persona y los demás. Cuando trabajé en Uno de los nuestros aprendí que la pena quiere que se la vea, que se hable de ella, que se reconozca. Aun así, la semana pasada tenía miedo de llamar a Gerd, después de todos los años que hacía que no hablábamos. Ella me había enseñado que el peor pecado que se puede cometer contra una madre o un padre que están en pleno duelo es no mencionar al que ya no está, como si nunca hubiera existido. Evitamos el tema porque tememos hacer daño, sin saber que la pérdida es tan enorme que puede contenernos a varios.

Cuando llamé a Gerd, se encontraba en un taller. Estaba encargando un corazón de bronce para colocarlo en la tumba de Anders con motivo del aniversario y me pidió que la llamara más tarde. Durante años su dolor estuvo mezclado con la ira. Era difícil hablar de las ideas del terrorista, eran demasiado lejanas y difíciles de comprender. En cambio, al asesino podía odiarlo con todas sus fuerzas. Estaba furiosa con la policía, con el Gobierno, con el Partido Laborista. Parecía como si nadie quisiera responsabilizarse de los jóvenes asesinados. ¿Dónde habían estado los servicios de inteligencia, los servicios secretos, las fuerzas especiales, la policía, los vigilantes? Estaba indignada con las manifestaciones de la rosa, los corazones en Facebook, el hecho de no poder gritar de dolor en una sociedad en la que se supone que debemos mostrar lo que llaman dignidad.

“Este es un golpe de Estado”, dijo Breivik al policía que estaba sentado encima de él cuando, por fin, lo capturaron en la isla. La matanza había durado más de una hora. Estaba rodeado de adolescentes muertos. “Cazador de marxistas”, decía una insignia que llevaba en el pecho. Todavía en la isla, aseguró a la policía que los chicos que yacían alrededor no eran en absoluto inocentes. “Son marxistas extremistas. Engendros del marxismo. Es el Partido Laborista, la rama juvenil. Son los que tienen el poder en Noruega. Son los que han tolerado la islamización de Noruega”.

Mientras le interrogaban, otros agentes buscaban supervivientes. Un policía señaló al amigo de Anders Viljar Hanssen entre los muertos. “¡Lo único que hacía era cantar…!, sollozó una chica. Viljan tenía parte del cerebro al descubierto, fuera del cráneo. Los ojos eran un amasijo sangriento. El policía vio que aún le latía el pulso, metió el cerebro del chico dentro del cráneo roto y lo envolvió en una tela. Pidió a un superviviente al que habían llevado a una barca que sostuviera la cabeza de Viljan en el regazo y que “lo mantuviera con vida”. Viljan, que tenía 17 años, despertó del coma 10 días después: le faltaban un ojo, los dedos con los que había tratado de protegerse el rostro de las balas, partes del hombro y muchos amigos. Tenía en el cerebro alojados fragmentos de bala, tan profundos que no se podían sacar.

Diez años después de que casi lo dejaran por muerto, Viljan estudia en la capital polar de Tromsø. En su cabeza sigue discutiendo de política con su mejor amigo, Anders, al que llamaban “el pequeño Obama” por su admiración por el presidente de un país que ninguno de ellos había visitado. “No vivió más que hasta los 18 años, pero siempre estará conmigo”, me dice Viljan en la cabaña de sus padres, en las montañas de Valdres. “Cada vez que tomo decisiones importantes está conmigo: a veces estamos de acuerdo, a veces discrepamos”.

Ha sido un decenio lleno de tinieblas. Primero tuvo que luchar para volver a vivir, curarse de sus heridas, su furia, y adaptarse al ojo de cristal y la prótesis de la mano. Luego, en teoría, tenía que dar gracias por estar vivo, sin mostrar ira ni remordimiento. Pero lo peor de todo, en todos estos años, ha sido el acoso constante. Sobre todo en las redes, y en especial por parte de hombres de mediana edad. “Breivik debería haber rematado la tarea”, escribió uno. Otro le deseaba que Breivik lo sodomizara, constantemente y sin fin. Todos criticaban sus ideas liberales respecto a los inmigrantes, a pesar de que son unas ideas muy extendidas. En internet, en la teóricamente pacífica, tolerante y rica Noruega, algunos pensaban que la muerte y la violación eran el castigo que merecían los miembros de las AUF. Viljar compartió ese feroz acoso con otros supervivientes, sobre todo los que permanecen en activo en la política. El país se escandalizó cuando se mostraron las agresiones que recibían los supervivientes en la red.

A medida que se endurecía el tono del debate público, Viljar no pudo más y permaneció ajeno a la política para evitar tanto la atención como su angustia. Diez años después de Utøya, se ha perdido una generación de políticos. “Son pocos supervivientes los que siguen hoy en política”, dice Viljar. “No es ninguna coincidencia”. El Partido Laborista estaba en el poder cuando Breivik cometió su crimen y el primer ministro Jens Stoltenberg, entre lágrimas, insistió en que Noruega nunca renunciaría a sus valores ni dejaría que ganara el terrorista. “Responderemos al odio con amor”, dijo, e instó a tener “más democracia, más apertura y más humanidad, pero nunca ingenuidad”.

Todo el espectro político de Noruega le aplaudió por su forma de dirigir la nación después de la matanza. Ahora, la imagen ha empezado a agrietarse. Lo que en aquel momento pareció más adecuado —hacer una demostración de unidad— ha impedido mantener debates políticos importantes, como la necesidad de enfrentarse a las ideas radicales y de extrema derecha. Cuando las AUF han indicado que las opiniones de Breivik no son ideas aisladas en internet, sino que reflejan las palabras que difunden algunos parlamentarios de la derecha, no se les ha hecho caso. Cuando han pedido a los partidos de derechas que manifiesten su rechazo a los discursos racistas, les han acusado de querer restringir la libertad de expresión. Ha habido un espacio para Breivik y otro para la política, afirma el escritor Snorre Valen, “sin ninguna conexión entre ambos”. Los directores de periódicos han sido muy cuidadosos con las conspiraciones de extrema derecha y a las Juventudes del Partido Laborista les han dicho que permanezcan callados, escribe en su libro Utøya-kortet. Se ha tratado el caso de Anders Breivik como una anomalía, no como parte de un movimiento político con largos tentáculos que llegan a los partidos políticos de derechas. Por eso no se ha hablado de él en los debates sobre inmigración, integración ni racismo; hasta ahora.

Esta primavera surgió algo que empezó a fluir como nieve derretida, formando arroyos y ríos que cobraron más fuerza a medida que se aproximaba el verano. Una avalancha de jóvenes laboristas que decían “basta ya”: “¡La matanza fue un atentado por motivos políticos!”, escribe Tonje Brenna, antigua secretaria general de las AUAF, en su libro El 22 de julio y todos los días posteriores. “¡No fue una catástrofe natural!” Después de haber examinado correos electrónicos, cartas, mensajes de texto, llamadas de teléfono y publicaciones en las redes sociales, asegura que el autor no era el único que odiaba al Partido Laborista “ni que nos quería muertos”.

“Esta es la última oportunidad de pronunciarse con firmeza”, dice Viljar en vísperas del aniversario. “La ventana se va a cerrar. Luego será el turno de los historiadores”. Viljar ha vuelto poco a poco a la política y ocupa un escaño del Partido Laborista en el parlamento de la ciudad de Tromsø. Aunque su lastre es más pesado que el de casi todos los demás: si los fragmentos alojados en su cerebro se mueven un milímetro, por un golpe, por una caída o porque sí, podrían dañar su arteria principal. Hay uno de ellos que está a solo tres milímetros.

Cuando recorría el mundo para presentar mi libro, me han preguntado con frecuencia en qué ha cambiado Noruega. A veces uso una metáfora: el terrorismo causó una profunda herida que ha cicatrizado, pero nunca desaparecerá. Duele, pero no afecta al funcionamiento de Noruega. Seguimos igual que antes. El terror no nos cambió, digo, a diferencia de lo que sucedió con los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos, que desencadenaron dos guerras en menos de dos años, más radicalización, la expansión del ISIS y una tercera guerra, con un coste de cientos de miles de muertes y billones de dólares gastados.

Noruega, he respondido, sigue siendo un país en el que la confianza, la unidad, el consenso, la apertura y la tolerancia están muy arraigados. Según las encuestas, esos valores no han cambiado desde el atentado terrorista. Pero esta primavera me ha hecho revisar mis opiniones sobre cómo hemos afrontado las consecuencias de la matanza. A veces hay que alejarse un poco para ver con más claridad. Anders Breivik fue durante casi 10 años miembro del Partido del Progreso, un partido populista de extrema derecha, escéptico sobre la inmigración y crítico con el islam. Intentó labrarse una carrera política, pero no lo consiguió.

Dos años antes de la matanza, la líder del partido, Siv Jensen, acuñó el término “islamización furtiva” y dio la voz de alarma sobre los guetos, los hiyabs y la comida halal. En su partido se usaban también palabras como traición cultural y cruzadas contra Europa, unas expresiones muy cercanas al universo retórico de Breivik que, en aquella época, mostraba la misma preocupación que Siv Jensen: que los musulmanes estaban entrando por la puerta de atrás y el Partido Laborista se la había abierto. Hay que tener en cuenta que los musulmanes de Noruega eran y siguen siendo, aproximadamente, el 4% de la población.

En 2009 Anders Breivik era un mero guerrero digital, que coincidía con miembros del Partido del Progreso en algunas páginas web; ellos buscaban argumentos que justificaran sus políticas y él reunía material para su libro o manifiesto, que acabaría publicando en internet la mañana de la matanza. En otoño de ese año escribió, en la página contraria a los inmigrantes document.no, que el multiculturalismo era una ideología de odio cuyo objetivo era destruir la cultura y la identidad europeas y el cristianismo y que “el Partido del Progreso es víctima de esa intolerancia”. En enero de 2010 llevó a cabo su último acto civil con su intento de crear un periódico digital en cooperación con el periódico del partido, Progress. El partido se negó y, en febrero, Breivik empezó a pedir armas, municiones y productos químicos para su bomba.

En lugar de preguntarnos cómo el hecho de ser miembro del Partido del Progreso durante casi un decenio influyó en el pensamiento de Breivik, lo que se ha hecho es compadecerse del partido por haberlo tenido en sus filas. Tras la victoria del partido conservador en las elecciones parlamentarias de 2013, el Partido del Progreso se incorporó por primera vez en la historia al gobierno, en una coalición con tres partidos de centro derecha. Solo en el extranjero pudieron encontrarse titulares que lo dejaran claro, en periódicos como The Independent: “Un partido anti-inmigrantes vinculado a Breivik va a entrar en el gobierno”. Los noruegos fueron demasiado educados para mencionarlo.

Una tarde, a última hora, consigo contactar con Jens Stoltenberg en Bruselas. Se fue de Oslo en 2014, cuando le nombraron secretario general de la OTAN. Ya se ha celebrado la cumbre, la conversación con Biden ha sido todo un éxito y parece restablecerse la armonía familiar tras el cambio de presidente en Estados Unidos. Consenso, acuerdo, unidad; se nota que son las palabras favoritas de Stoltenberg. Su voz se quiebra un poco cuando me saluda. Lleva mucho tiempo fuera de la política noruega. Me refiero sin más tardar al debate de este verano, la fecha que considera el peor día de su vida. “¿Qué era lo apropiado entonces, qué es lo apropiado ahora, qué ha cambiado?” Hay un silencio en Bruselas, pero se repone y me pide que comprenda que necesita algo de tiempo. “He estado con Afganistán todo el día… Para volver de pronto a Noruega, tengo que pensar. Tengo que meditarlo, meditar mis palabras. Es muy importante para mí”.

Hace hincapié en que valora mucho el debate que se ha suscitado y que ha leído y piensa leer más libros escritos por miembros de las AUF. “Hasta ahora, ellos son los que han llevado una carga más pesada”, reconoce. Y eso le duele. “A medida que han pasado años me he vuelto más consciente de lo importante que es buscar respuestas, saber por qué nos golpeó el terrorismo”, dice. “No cabe duda de que fue un atentado dirigido contra el Partido Laborista y las AUF. El terrorista quería cambiar nuestro país mediante la violencia. Así que fue también un atentado contra Noruega”.

Le hablo de la pena de Gerd. “Me acuerdo de Anders”, dice. Conoció a Gerd y su esposo en una reunión tres días después de la matanza, cuando su hijo todavía figuraba entre los desaparecidos. Stoltenberg recuerda que los abrazó y que le costó encontrar las palabras justas, por miedo a decir una inconveniencia. “Ese día perdimos a muchos de nuestros mejores jóvenes y de los mayores talentos del Partido Laborista”, dice. “Lo mejor que podemos hacer por ellos es seguir hablando del 22 de julio, defender los valores en los que creían y luchar para que no vuelva a ocurrir algo así”. Stoltenberg será probablemente para siempre el primer ministro que mantuvo unida a Noruega en un momento de crisis. Fue primer ministro antes que líder de su partido.

En cuanto a mí, he aprendido que a la metáfora de la cicatriz le falta algo. La herida está llena de pus. Está infectada, inflamada, así que hay que abrirla y limpiarla. La mejor limpieza sería el reconocimiento y una petición de perdón. El reconocimiento de que durante 10 años se ha silenciado a las víctimas cada vez que han intentado vincular a Breivik con determinadas actitudes y opiniones existentes en el ámbito político. Y una petición de perdón por no haberlo visto claramente hasta ahora.

“He tenido a dos jóvenes llamados Anders luchando dentro de la cabeza. Uno bueno y otro malo”, me dice Gerd cuando vuelve del taller en el que ha encargado el corazón de bronce. “El malo se me aferraba al cerebro y no me dejaba encontrar a mi hijo. ¡Cuánto me ha atormentado!”, exclama. “Todavía me irrita que esté vivo”, añade. “Que pueda respirar una hora al aire libre cada día”. Por cierto, el nombre no es exactamente igual, puntualiza. “Nuestro hijo se llama Anders”, dice en su dialecto del norte, con el acento en la a y la d muy pronunciada. El nombre del malo se pronuncia con el acento esnob de Oslo, con una a átona y una d muda. “Y, aparte del nombre, no tenían nada en común”, concluye.

Se pone de nuevo a tejer. Antes pedía prestado un telar, ahora tiene el suyo propio. “Nos dieron dinero por Anders”, dice en referencia a la indemnización para las víctimas. “Fue repugnante. Era como tener a mi hijo en mi cuenta corriente”. Pero se lo gastó en comprarse un telar y entonces dejó de dolerle ese dinero. Una noche subió a la habitación de él, donde sus ropas siguen ocupando los estantes 10 años después de su muerte. Sacó sus vaqueros, uno por uno, una docena en total, se los llevó al sótano y cogió las tijeras. Los cortó con suavidad, intentando que los trozos fueran lo más largos posibles. Algunos de color azul oscuro, otros lavados a la piedra y muy claros, casi blancos. Los trozos se amontonaban en el suelo y se puso a organizar los colores. Entonces dispuso la urdimbre y empezó a tejer.

Azul, azul como el cielo. El color con el que ella había creído que nunca podría volver a tejer cuando vio a su hijo muerto y envuelto en la colcha azul, con su traje y sus insignias. Rojo y orgulloso. No a cualquier racismo. AUF. Diez años después, la inscripción se ha borrado. Anders ya no está. Pero las AUF están otra vez en pie.

Asne Seierstad es periodista noruega, autora de El librero de Kabul. Su libro One of us sirvió de base para la película sobre la matanza de Utøya 22 de julio, de Paul Greengrass

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Una herida inflamada